Es época de viajes. De conocer sitios nuevos. De volver a lugares en los que en el pasado disfrutaste. De regresar al pueblo de tus abuelos. Muchos eligen moverse en tren. Y en los andenes se mezclan historias pasadas, con las que están ocurriendo en este momento. Otras llegarán al ritmo de las locomotoras marquen la entrada en las estaciones. Esos lugares en los que cada uno tiene su propio relato. Nosotros apuntamos en este espacio poemas, de autores de varios países, referidos a los trenes, a bordo de ellos o a su paso. Tomen asiento. A lo lejos se ve llegar un convoy.

Esperando el tren

Los trenes de la noche, de JORGE TEILLIER



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Recuerdo la Estación Central

en el atardecer de un día de diciembre.

Me veo apenas con dinero para tomar una cerveza,

despeinado, sediento, inmóvil,

mientras parte el tren en donde viaja una muchacha

que se ha ido diciendo que nunca me querrá,

que se acostaría con cualquiera, menos conmigo,

que ni siquiera me escribirá una carta.

Es en la Estación Central

un sofocante atardecer

de un día de diciembre.





8



El sol apenas tuvo tiempo para despedirse

escribiendo largas frases sin esperanza

con la negra y taciturna sombra

de los vagones de carga abandonados.

Y en la profunda tarde sólo se oye

el lamentable susurro

de los cardos resecos.





13



El silbato del conductor

es un guijarro

cayendo al pozo gris de la tarde.

El tren parte con resoplidos

de boxeador fatigado.

El tren parte en dos al pueblo

como cuchcillo que rebana pan caliente.

Los vagabundos quedan mirando

a los niños andrajosos

que juegan entre castillos de madera.

De las chozas dispersas a lo largo de la vía

salen mujeres a recoger carboncillo entre los rieles,

otras reúnen la parchada ropa

crucificada en los alambres

tendidos en los patios llenos de humo,

y algunas inmóviles y serias como grandes sandías

recogen en los umbrales el lerdo sol de fines de otoño,

ese sol que apenas puede escurrirse entre los álamos.



Esperando el tren


Esperando el tren


Esperando el tren

Trenes, de JUAN MANUEL ROCA


Atentos

a señales luminosas

los trenes

los furgones del correo

(látigos negros que parten la noche

en dos tajos de silencio)

dibujan oscuros trazos

secretas escrituras.



Alguien

hace el cambio de agujas en el muelle:

entonces entran

al túnel de mis sueños.


Esperando el tren


Esperando el tren

Como debe ser, de ENRIQUE MOLINA


Aquí está mi alma, con su extraña

insatisfacción, como los dientes del lobo:

la narradora de naturaleza cruel e insumisa

que nunca encuentra la palabra;

y por allá se aleja un viejo tren, momentáneo y perdido,

como una luz en la lluvia, pero vuelve

a repetir su jadeo férreo y a llevarnos de nuevo

en el verde aire de los amores errantes.

Pues un tren no sólo moviliza sus hierros

sino sangre soñadora deslumbrada por el viaje,

rostros arena, rostros relámpagos, rostros que hacen música,

y puede crujir burlonamente también

cuando los demonios, en el salón comedor,

al cruzar por una pequeña estación de provincia

con un cerco de tunas y el mendigo predilecto de la Virgen,

sacaban la lengua y aplastaban su trasero desnudo contra el

vidrio de la ventanilla.

Y nunca más vuelvas a despedirte de mí,

en medio de esta tierra cabeza abajo que se eriza en el aire frío


Esperando el tren


Esperando el tren


Esperando el tren


Esperando el tren

Soledad, de HAMZEH ABBOUD

Por qué

cuando estamos todos en el túnel

esperando el tren que está un poco con atraso

nos sentamos

o bien nos paramos

uno frente al otro como una familia

rozándonos con ojos preocupados

para que al final no digamos nada



Por qué

cuando subimos el vagón con nuestras

pequeñas cosas –libros, valijas, vino- no preparamos

una mesa para comer, o una conversación,

antes de que las siguientes estaciones

nos tomen de improviso;



Por qué

cuando llega el tren de repente

nos vamos a otras citas

cómo han encontrado

caminos para

semejante ausencia

adónde van

estos caminos desviados

y este lugar que cae

entre tus brazos

como un abrazo recortado.


Esperando el tren

Tercera clase, de JORGE CARRERA ANDRADE

En tercera clase

los soldados cortan con sus navajas

rebanadas de tiempo.

Los obreros desenrollan la viruta bicolor de las frutas.

En el techo de la locomotora

una luna que viaja sin pagar se despierta las noches.



Bodegas de Berlín.

He aquí la cerveza de ojos iluminados.

La plaza de Lutero es mercado de legumbres.

Se ha hecho una estadística del consumo de pan por las gaviotas.

En la nieve –primera comunión de la tierra-

hombres y mujeres reciben alegres el invierno.

Catedral de Colonia:

Los esbeltos volúmenes

ascienden de hombro en hombro circundados de azul.

¡Construcción aérea de la escarcha

con dimensión de música!



En la línea Colonia-París

nos salían al paso los campos mozos.

Los sembrados sin memoria de la guerra

lucían cabellos de oro.

Los esqueletos más jóvenes tenían ya doce años.

Estaciones belgas con sus relojes para marcar siglos.

Soldaditos azules junto a las fachadas azules.

Bruselas está tras de ese muro.

Dos metros de huerta viajan en carro al mercado.



Las calles de París nos son conocidas

aunque no las hayamos visto nunca.

Arco de Triunfo

parado en cuatro patas con su carga de historia.

Los pájaros de Notre Dame son relieves con alas.

En la ruleta de la Concordia

aposté al cero de la luna mi esperanza.

Un domingo al salir del Louvre

descubrí que el cielo es la estatua del agua.



Silencio remero de los botes pescadores.

En los mariscos del Mediodía hay un sorbo de sol.

Pueblos vascos con su boina de niebla.

Los faroles españoles

se baten a estocadas con las sombras.

Todo es apariencia, signo, tránsito.

El mundo es uno mismo, a pesar de sus formas.

La misma soledad hospedada en los huesos

y la misma afirmación proletaria

de los hornillos callejeros para calentar castañas.


Esperando el tren

Y una canción: Esperando mi tren, de Revólver





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10 Aug 2015