NOTA.- El lobo taimado y calenturiento acepta todo tipo de críticas incluso mentadas de madre y otras lindezas de mayor envergadura.
Por su atención, gracias

Link para ver las fotos:

http://ziza.es/2012/05/22/page,1,3,Jordan_Carver_de_sexy_Caperucita_Roja.html


LA CAPERUCITA TETONA

Auuuuuuu... uuuuu… uuu… Al llegar esta súper Caperucita a la cabaña, acostado en la cama y con el disfraz de abuelita ya puesto, no pude evitar que se me desorbitaran los ojos al ver semejante tetamen y fue, en ese momento cuando ella hizo la ya tan sabida e inocente pregunta:
-"¿Por qué tienes esos ojos tan grandes, abuelita?". A lo que yo, con la baba cayéndoseme del hocico y el líquido pre seminal de la pija literalmente escurriendo pues al momento estaba completamente envarado, le contesté con la voz estropajosa por el brutal impacto visual:
-"Tú no cantas mal las rancheras, preciosa"... (a)

Y dedicando ese festín a todos los zizeros y zizeras, me dispuse, al llegar ella a decir:
-"¡Qué boca tan grande que tienes abuelita!,
a "comérmela" tal cual lo dice el cuento y, tomándola del esbelto y delicado talle la atraje suavemente hacia mí para sentir sus abultados atributos mamarios contra mi ancho y poderoso tórax y depositar un desaforado beso francés en su boca adentrando mi salaz lengua para enredarla con la suya y saborear, así, la miel de esos soberbios labios carmesí que no hicieron otra cosa que exaltar el fuego ya de por sí calenturiento de mis venas. Ella se tapaba tímidamente sus exorbitantes tetas y me conminaba a no hacer ruido (supuse que ya había leído el cuento y sabía que la vieja estaba amordazada en el ropero) (foto 1) así que, cautelosamente y sin chasquear la lengua (por aquello del ruido), fui bajando lentamente el enorme hocico hasta quedar a la altura de esos dos grandiosos melones de carne fresca y suave. Ella, reticente, seguía tapándose con sus dos manecitas haciéndose la remilgosa y cerrando sus bellos ojos (foto 2 y 3) pero yo, sabiamente, acerqué mi indiscreta boca a su oído susurrándole palabras dulces y persuasivas en las que le prometía los goces del paraíso. Palabras que, por lo demás, aflojaron la tensión y la chicuela comenzó a dar señales de acceder a las rogativas del taimado lobo esbozando ella una sutil invitación a seguir insistiendo (foto 4) y, ya desinhibida la dama estiró, coquetamente, sus bragas hacia abajo dando total aquiescencia a las maniobras que habrían de seguir a continuación (foto 5). Ni tardo ni perezoso y con el espolón en todo lo alto anunciándose bajo la bata de la anciana, la tomé por asalto metiendo mi cara en tan encomiables ubres dedicándome a sorber con deleite, cual bebé recién nacido, pasando de una a otra a intervalos y toqueteando, ávidamente, con ambas manos que no podían abarcar a plenitud tan grandes y macizos globos carnosos hasta llegar al hartazgo sensual en que nuestros cuerpos reclamaban una acción más rigurosa en toda la extensión de las palabras.

La conduje mañosamente al catre el cual chirrió levemente al posar a la bella sobre él. Así que, recordando a la veterana encerrada en el armario, la guie hacia el suelo, el cual, para mi mayor sorpresa, estaba cubierto por una finísima alfombra persa de tejido y diseño muy parecido a la que, mis cuatro lectores lo saben, tengo en mi cabaña. Así las cosas, me refocilé por tal descubrimiento pues, ahora, me sentía como en casa y la chichona Caperucita Roja del cuento estaba ya recostada muellemente sobre la afelpada alfombra con las piernas abiertas e invitando al deporte del amor.

A continuación, deslicé mis manos para, delicadamente, arrancarle el blanco y sexi calzoncito y dejarla como diría el poeta: como Dios la trajo al mundo. Sí, desnuda completamente y completamente dispuesta para el abordaje que este lobo se aprestaba a emprender armado con todos los aparejos necesarios para tan encantadora empresa.

Me despojé, prontamente, de la bata y los calzones guangos de la abuela para quedar casi desnudo al par de la dama excepción hecha del gorro de dormir de la vieja el cual decidí dejar sobre mi testa como un detalle hacia la tierna y complaciente nietecita de las grandes bubis que, a su vez, no se había despojado de la caperuza roja que no hacía otra cosa sino realzar su juvenil y natural belleza que colmaba, en esos instantes, todas mis aspiraciones. El cuadro era el siguiente: ella acostada sobre su espalda con las piernas semiabiertas mostrando a mi vista una jugosa raja que parecía hacerme guiños como invitándome a acercarme, lo cual, obviamente, no aplacé y metiendo una de mis manos pude comprobar el estado de la ardiente Caperucita pues su vaina destilaba los jugos que preludian el placer del sexo. La recorría con mis ansiosas manos, palmo a palmo, desde la cabeza a los pies, a la vez que pasaba mi anhelante lengua por todo su cuerpo y le prodigaba ligeros mordiscos que hacían que la niña arqueara su cuerpo voluptuosamente. No desperdicié ni un centímetro cuadrado de su piel y me detuve largos instantes en sus prominentes cántaros de miel chupeteando con fruición sus deliciosos pezones duros por el ardor que ya la consumía. Ella gemía bajito y, con los ojos entrecerrados, me atraía hacia sí con cierta desesperación urgiéndome a no desaprovechar la oportunidad de llevar el acto a sus últimas consecuencias. Acomodé mi cuerpo entre sus piernas ahora ya bien abiertas y expuestas al ataque pues mi polla, excitada al máximo, temblaba y exigía un alivio que la chiquilla tenía en la entrepierna. Al sentir la vara cerca de su objetivo la caperucita la tomó en una de sus manos e, impaciente, la dirigió hacia su destino. Yo empujé ligeramente hacia delante y, al instante, pude sentir la tibieza y suavidad de los labios de su vulva que se abrían como una flor abre sus pétalos al contacto del dardo invasor. La sensación fue terrible, tanto para mi como para la dulce niña, ya que, sólo el contacto de la cabeza de mi instrumento de placer con la entrada de la vagina, que he de decir encontré muy estrecha, nos produjo un aluvión de indescriptibles sensaciones que recorrieron nuestros cuerpos en rápida oleadas de placer aún y cuando sólo estaba insertada la cabeza del pene en el pequeño orificio. Me detuve un momento a disfrutar mientras ella me apremiaba a entrar más jalando de mi espalda con sus dos manos y, posando mi boca en su boca, empujé un poco más y la resistencia de la abertura fue cediendo poco a poco.

Ahora el miembro estaba a medias dentro del cuerpo de la caperucita, sus voluminosos senos comprimidos contra mi pecho y nuestras lenguas enredadas en un beso sin fin. Empujé con más vigor y el engrosado pene fue abriéndose paso en el reducido y húmedo reducto que abrazaba literalmente a éste proporcionándome, la dificultad de la estrechura del camino, estremecimientos imposibles de describir con justeza.

Un empujón final insertó la tumefacta polla en toda su longitud mientras Caperucita experimentaba ligeras sacudidas a lo largo de su escultural anatomía al sentirse empalada hasta la saciedad por la tremenda pija que llenaba a tope su gruta de amor y que amenazaba, a continuación, con los consabidos movimientos de vaivén que sabía vendrían y que esperaba con ansias desbocadas.

En esos álgidos momentos, retiré el arma sólo unos centímetros para luego volver a insertarla hasta el fondo y poder sentir la presión que ejercían los músculos vaginales de la cachonda damisela a todo lo largo de ésta. Ella gimió, ahogando un grito, seguramente acordándose de la venerable anciana refundida en el multicitado guardarropa.

Caperucita Tetona abrió sus piernas y las enlazó tras de mi espalda como no queriendo dejarme escapar mientras yo reculaba y asestaba otra estocada en sus sensibles partes dándome tiempo para mamar el par de turgentes globos que tenía a mi alcance y, así, multiplicar mi disfrute al máximo. Una y otra vez salí de esa tibia, húmeda y estrecha morada y regresé con más ímpetu, la juvenil raja se ampliaba y se reducía al ritmo de las rítmicas embestidas del macho que pleno dominador se enseñoreaba de su victoria mientras la hermosa chica lo estrechaba como agradecida por el sinfín de deliciosas sensaciones de que era presa. Así que, dándome cuenta de que la bella Caperucita del Cuento estaba próxima a verter sus jugos en aras del excelso placer apresuré mis acometidas y, sintiendo que ella se estremecía de pies a cabeza a la vez que clavaba sus uñas en mi espalda y, al tiempo en que ella llegaba a un bien trabajado orgasmo, dejé que todo el torrente de savia se liberara y vertí mi simiente en lo más profundo de su matriz inundándola y sintiendo que la vida se escapaba de nuestro fogosos cuerpos unidos en un último estertor que si no de muerte sí de dicha y placer... ahhhhhhhhh... auuuuuuuuuu… uuuuu… uuu…

Permanecimos un largo rato tendidos sobre el clon de mi alfombra persa desfallecidos, laxos, respirando fatigosamente pero saciados con el placer más elevado que existir pueda en este Valle de Lágrimas.

Mi intención era provocar un segundo asalto y ¿por qué no un tercero? pues atributos femeninos sobraban para enardecer a cualquiera varias y repetidas veces en un corto espacio de tiempo de recuperación pero, la Caperucita Tetona, intranquila por la abuela y por tener que regresar a su casa antes de que anocheciera y, no preocupar a su madre, me rogó postergar mis desbordadas ansias para una futura ocasión prometiéndome salir con su canastita mientras yo la adelantaría, otra vez, por el atajo para esconder a la vieja y, ahora, pensaba yo: le taparé los oídos para poder regodearme con los sensuales grititos de placer que le arrancaría a la calenturienta damita del capuchón rojo.

Me vestí apresuradamente al recordar el final del cuento (pues soy ávido lector de cuentos infantiles) no fuera que se presentara un cabrón leñador con una escopeta y me metiera un susto que Dios guarde la hora...

Salí de puntitas para no hacer ruido no sin antes darle unos besitos a la caperuza en su boquita y unos tiernos apretoncitos en sus tetazas jurándole amor eterno y diciéndole una sarta de sandeces cursis con tal de que prestara el cuerpecito hasta que me hartara de él. Salí con la sensación en los huevos de ansias todavía insatisfechas pensando en lo que todavía hubiera podido hacer con la Caperucita pues imaginarla a cuatro patas con las enormes chichis colgando al frente y el culo bien parado para dejarle ir toda mi masculinidad en esa posición que de por sí es caliente me dejaba un sabor a algo inconcluso con resabios de desesperación pues al elucubrar de esta manera estaba ya provocando una nueva erección que tendría que ser aplacada de forma expedita y sin dilación.

Apresuré el paso por el maldito atajo y me dirigí a la cabaña del leñador pues yo sabía que andaba cortando leña en lo profundo del bosque y que su mujer estaría sola y expuesta a los artilugios del lobito que, ya encarrilado como estaba, sólo era cuestión de mostrar el arma como al descuido para despertar los instintos más primitivos de la fémina del leñador y aprovechar la ocasión y concluir el día con otro triunfo pues a pesar de que la señora estaba un poco entrada en carnes no estaba para echársela a los perros porque tenía todo lo necesario para presentar una digna batalla sexual aunado, todo esto, a la aventura de lo prohibido y peligroso de la aventura.

A lo lejos vi a la señora silbando alegremente mientras tendía la ropa acabada de lavar con jabón Ace que hace de todo y, al instante, me la imaginé en pelotas y mi polla, ya enardecida por el brutal encuentro con la linda Caperucita Tetona, pegó un respingo dándome a entender que estaba lista para el ataque...

CONTINUARÁ...

(a) NO CANTAR MAL LAS RANCHERAS.- no quedarse atrás en algo.
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30 Nov 2012